miércoles, 2 de diciembre de 2009

“Una visión de apertura con Cristo”

 

Por Paige Norfleet

clip_image002Recientemente, el Señor vino hacia mí con una visión:

“Mientras estábamos cara a cara, mis manos estaban en alto con las palmas abiertas hacia Él. Puso sus manos sobre las mías y se intercambiaron como si fuéramos a danzar. Nuestros pechos se apretaron y entraron en contacto de tal manera que nos atravesábamos y podíamos ver a través de ellos como si fueran traslúcidos. El lugar donde debían estar los dos corazones, ahora eran uno y mi corazón comenzó a latir junto con el del Señor. Pude oír y sentir que el bombeo de la sangre a través de todo mi cuerpo no era sólo mía, sino del Señor Jesús. Mi respiración era lenta y profunda, hasta que me di cuenta que respirábamos como uno”.

“Luego comenzamos a danzar. Ambos comenzamos a movernos como una sola persona, mientras danzábamos graciosamente en una danza gentil y pura. Mis movimientos ya no eran propios ni desgarbados, no tuve que trabajar para moverme al unísono con Él. Era una con Él; no sólo en espíritu, sino en cuerpo y simplemente nos movíamos como un sólo cuerpo”.

“Hubo un contentamiento que no conocía y las lágrimas comenzaron a caer mientras me rodeaba el amor por mi Salvador y su amor por mí. Mientras mis lágrimas comenzaron a caer, me pidió gentilmente que mirar a hacia sus ojos. Cuando lo hice, pude ver los ojos más hermosos, cristalinos y azules que estaban llenos de profundidad, revelación y amor”.

“En ese momento supe que Él me aceptaba por completo. No me sentía avergonzada por el gran amor compasivo que sentía. El amor que se irradiaba de su ser era tan poderoso que todos los pensamientos de vergüenza o complejos de inferioridad, eran arrastrados por este fluir. Literalmente no pude sentir nada más allá que su amor por mí. Supe que quería que estuviera allí entrelazado con Él sin ver ningún error en mi vida. Verdaderamente era uno conmigo porque disfrutaba tanto de esa unidad como yo”.

Le dije al Señor que quería quedarme en ese lugar con Él para siempre y le rogué que no me dejara ir. Me respondió con estas palabras que no eran sólo para mí, sino para todo el Cuerpo que Él ama:

“Este es el lugar donde siempre me encuentro, aquí como uno contigo. Nuestros corazones siempre laten como uno y nuestras manos están siempre entrelazadas, pero hoy están quietos y concentrados en Mí. Te permití ver lo que siempre está presente en tu vida. Nada cambia sino lo que ves, mi pequeña. Siempre estoy contigo de esta manera, danzando contigo. Hay momentos cuando tú me permites guiarte en la danza y danzamos como uno, pero también hay momentos cuando no sientes mi presencia contigo porque no estás completamente rendida ante Mí”.

Luego le pregunté al Señor si debía compartir esta experiencia con otros, porque este momento fue tan precioso para mí que no podía albergar la idea que alguien pudiera tomarlo a la ligera o rechazarlo. El Señor me confortó hablándome estas palabras: “La verdad no cambia simplemente porque existen aquellos que eligen no recibirla. La reciban o no, no cambia este momento o su valor para todos aquellos que la reciban y me permitan ser uno con ellos también”.

Somos uno en Cristo y aceptados por Él

Saber que somos uno con Cristo y totalmente amados y aceptados por Él, es una de las mayores revelaciones que como hijos de Dios podemos tener. Todo lo que hacemos toma un nuevo propósito cuando nos damos cuenta que no hay un momento de nuestro día donde Él está ausente y que nunca enfrentamos un desafía solos. Dios me reveló una verdad asombrosa cuando ministraba e imponía manos sobre las personas para orar.

Repentinamente, tuve una visión de una mano con una cicatriz que se colocaba sobre la mía. Mi fe se remontaba mientras me daba cuenta que no era mi mano, sino la del Cristo que se presentaba para sanarlos. Cualquier duda acerca de estar lo suficientemente capacitada o ungida, se diluyó cuando me di cuenta de la realidad de su presencia conmigo en ese momento.

Me encantaría ser capaz de decir que siempre supe cuando caminaba con Jesús. Tristemente, a menudo necesito recordar que todos los días me lava con su sangre y sus misericordias son nuevas para mí. Hay momentos cuando permito que el enemigo me acuse en mi propio corazón, diciéndome que hay alguna imperfección dentro de mí que me descalifica de alguna manera para no ser completamente aceptada por Dios.

La verdad que contradice esta mentira se encuentra en Romanos 8:1-2: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”.

Como mi ser anterior murió en la cruz con Cristo, soy aceptada sin importar lo que diga el enemigo. Mientras aprendía a rendir mi vida más y más ante Él, podía guiarme y dirigirme, mostrándome una senda que nunca había imaginado.

La danza del Señor

Esta es la danza del Señor, donde nuestros corazones laten como uno con el suyo y comenzamos a movernos mientras Él se mueve. La respiración que respiramos y las palabras que hablamos no sólo nos recuerdan las palabras del Padre, se transforman en su voz porque estamos llenos del mismo Espíritu que levantó a Cristo de la muerte.

Romanos 8:10-11 dice: “Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que vive en ustedes”.

Dios anhela tener ese dulce lugar de intimidad con cada uno de nosotros para que pueda fluir en nuestra vida con amor y nuestras vidas testificarán de Él. Juan 17:20-21 dice: “No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”.

Nuestras vidas deben ser testimonios vivientes de Él. No podemos predicar de su amor sin experimentarlo primero en nosotros mismos. Cada vez que permito que mi Padre me rodee, salgo transformada. En esos momentos de intimidad con Él, soy llena con una descarga de su amor y experimento un sentido abrumador de amor y compasión por otros. Me mueve a ir hacia Él una y otra vez. Comencé a darme cuenta cada vez más que Él caminaba conmigo y tenía un propósito para cada uno de mis días. Dios desea para cada uno de nosotros que valoremos cada momento y aprovechemos cada oportunidad para soltar su amor hacia aquellos que entran en contacto con nosotros.

Oración:

“Señor, te pido que nos lleves hacia el lugar de la revelación donde somos uno contigo. Permítenos experimentar la realidad de tu amor y limpieza sobre cada uno de nosotros para poder conocer que siempre estás presente y listo para tocar a quienes nos rodean. Te agradezco por aceptarme. Ven y comparte tu corazón conmigo para que pueda conocer tu voluntad en cada situación. En el Nombre de Jesús, Amén”.

Paige Norfleet

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