sábado, 2 de mayo de 2026

“Lo nuevo y lo bello”

 

Por Steve Porter

Algo mejor está por venir

2 Corintios 5:17: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Todo jardinero sabe algo que los principiantes suelen olvidar. Antes de que crezca algo bonito, es común que el suelo se vea peor durante un tiempo. Hay que retirar las piedras. Hay que arrancar las raíces. Se cortan las ramas viejas. Durante una breve temporada, el suelo parece alterado e inacabado.

A veces Dios actúa igual en el corazón humano. Hay momentos en la vida cristiana donde el Señor empieza a tocar áreas a las que nos hemos acostumbrado: “viejas actitudes salen a la superficie, palabras que antes pasábamos por alto, repentinamente nos preocupan e incluso la forma como les respondemos a las personas empieza a sentirse diferente”. Al principio puede resultar confuso. Pero el Señor no intenta hacer la vida incómoda. Simplemente está limpiando el terreno. Algo mejor está por llegar.

Las cosas que llenan la tierra/alma

Con el tiempo, las pequeñas cosas tienden a asentarse en el corazón, como las hojas y los restos que se acumulan en un jardín que no fue cuidado. Rara vez llegan todas de golpe. A veces empieza con algo pequeño... Un dolor que nunca se fue del todo. Ya ni siquiera piensas mucho en ello. Simplemente está ahí.

Otras veces es irritación, nada grave, solo pequeños momentos que te molestan. Los ignoras, pero siguen volviendo. Y luego están esos días donde las quejas se escapan un poco más fácil de lo que deberían, no porque quieras hacerlo, sino porque las cosas no salieron como esperabas. Nada de esto se siente serio. Eso es lo que pasa. Pero con el tiempo, sin darte cuenta realmente de cuándo ocurrió, esas pequeñas cosas empiezan a asentarse y a moldear la forma en que tu corazón responde ante la vida.

Tomemos la amargura, por ejemplo. La amargura suele empezar con algo muy real. Alguien nos hiere. Ocurre algo injusto. Si ese dolor permanece demasiado tiempo en el corazón, endurece silenciosamente la tierra. En lugar de sanar, la mente regresa al momento una y otra vez.

Luego está la envidia. Se cuela a través de la comparación. Vemos la bendición de otra persona y repentinamente, nuestra propia vida se siente más pequeña que antes. Un temperamento explosivo puede crecer igual. Lo que comienza como una frustración, se convierte en el tono habitual de nuestras reacciones. Incluso un espíritu gruñón cambia lentamente la atmósfera del alma. La gratitud se desvanece. La mente comienza a buscar lo que está mal, en lugar de notar la bondad de Dios que nos rodea a diario.

A veces la basura es más profunda. El orgullo se asienta silenciosamente debajo de la superficie. La autosuficiencia se vuelve cómoda. La oración se hace más corta. Nada de esto ocurre de la noche a la mañana. Se va acumulando poco a poco, como piedras sueltas esparcidas por un camino.

Cuando Dios empieza a mover las piedras

Cuando el Señor empieza a tratar estas cosas, no es porque esté disgustado con nosotros, todo lo contrario. Es una señal de que Él pretende construir algo mejor.

El Espíritu comienza a eliminar lo que no pertenece. Y poco a poco el corazón empieza a cambiar. La amargura afloja su anclaje y el perdón encuentra un espacio para respirar. La envidia se desvanece cuando la gratitud regresa en silencio. La paciencia crece donde antes vivía la irritación. Las palabras se suavizan. Las reacciones se ralentizan. La vida de Cristo empieza a manifestarse de maneras que antes no existían.

Así es como Dios restaura a una persona, no todo de golpe, sino de manera constante, piedra por piedra.

Lo que Dios realmente está construyendo

La belleza que el Señor forma en una vida, no proviene del éxito exterior, viene del carácter. “Un espíritu pacífico que estabiliza una habitación, un corazón que perdona rápido, una bondad que percibe el dolor, la fidelidad que continúa en silencio año tras año, la ternura que trata a las personas con cuidado y el dominio propio que permite al Espíritu guiar nuestras respuestas”. Estas cosas crecen despacio, como flores en un jardín. Pero una vez que empiezan a florecer, ocurre algo maravilloso. La presencia de Cristo se hace visible en la vida del creyente. Y esta es una belleza que el mundo no puede fabricar.

Amado, si el Señor estuvo removiendo últimamente cosas en ti, no te desanimes. No está destrozando cosas. Está preparando la tierra: “preparándola para la paz, para un amor más profundo y para la vida que siempre quiso que vivieras”. Dios nunca despeja el suelo, solo para dejarlo vacío. Lo limpia para que la belleza pueda crecer.

Quizá hoy el Espíritu Santo señale suavemente algo dentro de tu corazón, algo que permaneció más tiempo del que debería. Entrégaselo a él. Dile honestamente: “Señor, si aquí hay amargura, quítala. Si el orgullo se instaló sin ser notado, humíllame con suavidad. Si se crearon hábitos que no pertenecen a la vida que estás formando, ayúdame a dejarlos”.

Cuando ponemos estas cosas en sus manos, el Señor nunca deja el espacio vacío, “lo llena con Él mismo”. Y dondequiera que Cristo llena una vida, algo nuevo comienza a crecer, algo sagrado y silenciosamente hermoso.

Ora conmigo:

“Señor, confío en que tus planes para mí son buenos. Incluso cuando la vida se siente inestable y las cosas se están reorganizando dentro de mi corazón, ayúdame a no resistirme a Tu mano. Busca en mi corazón con suavidad. Elimina todo lo que obstaculice el trabajo que haces en mí. Limpia lo que no pertenece a tu propósito y prepara mi vida para la belleza que deseas manifestar. Que la fragancia de Cristo se eleve de mi vida. Amén”.

Steve Porter

(www.elijahlist.com)

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