sábado, 7 de septiembre de 2013

El trono y la mesa

Prof. Bladimiro y Magui Wojtowicz

_JUN94256 de Septiembre del 2013

Mientras me encontraba escribiendo en mi escritorio, oía música de adoración profética. Eran como las seis de la tarde y repentinamente mi oficina se llenó de una presencia muy fuerte del Señor que me envolvió por completo. Pude ver delante de mí que se abrían los cielos y allí estaba el Rey sentado en su trono de santidad. Estaba vestido con ropas blancas resplandecientes y en su cabeza tenía una corona dorada que brillaba con mucha intensidad. Sus manos descansaban apoyadas a los costados del trono. Luego el Señor se inclinó hacia adelante y me miró fijamente a los ojos. En sus labios había una sonrisa muy tierna, pero a la vez me transmitía una sensación de paz y seguridad única.

En mi espíritu podía oír sus palabras: “Ves, mientras yo me encuentre en mi trono y puedas mirarme a los ojos, las palabras de los hombres incrédulos, religiosos y perversos no tienen que hacerte mella. Los religiosos se apoyan en las obras de sus manos, pero esta actitud les impide estar ante mi trono como un niño y disfrutar de mi presencia santa”. La visión terminó tan repentinamente como comenzó. Mientras adoraba al Señor por sus palabras y por la visión que tuve de su trono de santidad, sentí que una mano se apoyaba pesadamente, pero con mucha gentileza, sobre mi hombro derecho.

Conozco muy bien esa mano y cuando coloqué la mía sobre ella, pude oír con claridad: “Yo Soy, no temas, no retrocedas, mantente firme en tus convicciones porque nacieron de mi Espíritu. Yo estoy contigo, persevera porque en poco tiempo más verás la liberación radical que traigo a tu vida. Te mantuviste fiel a mi Palabra sin desviarte, a pesar de la presión y las críticas de los que te rodean. No eres el único en mi Casa que está así. Por esta razón debes perseverar, porque hay otros que al observarte avanzar cobran ánimo. Persevera porque Yo Soy está contigo para acompañarte mientras avanzas en tu camino”.

Luego de orar y adorar en el Espíritu durante un tiempo, recibí otra visión. En ella me encontraba sentado en una mesa donde había unos diez o doce invitados. Me llamaba la atención la cantidad y variedad de copas de vino que estaban servidas para cada uno en la mesa. Ante semejante cuadro, no resistí la tentación y comencé a probar cada una de esas copas. Para mi sorpresa, el vino no me mareaba y tampoco se mezclaban los sabores de cada copa que probaba. Era como si mi boca pudiera diferenciar con claridad el sabor y las cualidades de cada tipo de vino. Por más vino que tomara, no me sentía mareado. El ambiente era muy cordial y no faltaban los chistes y las risas abundantes en medio de las conversaciones.

Repentinamente mis ojos se posaron sobre la persona que estaba sentada en la cabecera de la mesa y me di cuenta que era el Señor. Me sentí avergonzado porque aunque había pasado tanto tiempo allí sentado, no había notado su presencia en la mesa. En realidad no lo noté porque Él se presentaba como cualquiera de nosotros. En otras palabras, nunca nos hizo sentir que Él era el Rey y nosotros simples súbditos. Nos trataba a todos como si fuéramos compañeros y amigos de toda la vida. En medio de la charla, el Señor tomó una copa y la levantó para brindar por nosotros y por esa hermosa velada.

Sus palabras fueron: “Hacía tiempo que quería reunirlos conmigo en mi mesa para disfrutar de una velada juntos. Quiero que sepan que tengo planes para ustedes y sólo deben resistir un poco más para ver la manifestación plena de lo que estoy haciendo en el Espíritu. Esta mesa siempre estará servida para ustedes y no necesitan una invitación especial para sentarse a compartir conmigo, son mis amigos y con ustedes no tengo secretos”.

Creo firmemente que esta palabra también está dirigida a todos los que esperan la manifestación plena de la justicia del Señor a su favor, luego de años de atravesar dificultades y superar toda clase de obstáculos. El trono y la mesa representan un lugar de gobierno y una manifestación clara de la autoridad del Señor. Ante ambas instancias, sus hijos tenemos un acceso pleno, absoluto e irrestricto. El Señor siempre se detendrá para escuchar y alentar a un corazón cansado que clama por justicia.

Los amamos y bendecimos,

Prof. Bladimiro y Magui Wojtowicz

Soy la locomotora descarrillada e indetenible

Por Bill Yount

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Me desperté sacudido. No podía creer que estaba en casa. ¿Cómo pude regresar allí? Había sido transportado físicamente desde un lugar lejano. Había oído sobre personas que fueron transportadas, pero me reía de eso. Mi hija se mantuvo en silencio por lo que yo había experimentado. Esto era real.

Estaba de pie en el valle de una autopista. Repentinamente, apareció una enorme locomotora avanzando descontrolada directo hacia donde estaba yo. Las ruedas raspaban el concreto y su poder sacudía la tierra como proclamando: “¡No necesito rieles!”. Yo estaba paralizado por el terror mientras la autopista y los elevados se desmenuzaban cuando temblaban. Las montañas se sacudían y rendían su fortaleza y majestad. Toda la tierra era vulnerable a este poder absoluto. Estaba aturdido: Todo mi mundo fue sacudido, aún así estaba de pie.

Luego fui transportado dentro de una casa en la cima de una colina, donde se había iniciado un incendio. Rápidamente apagué el termostato y cerré el gas. El fuego parecía estar controlado, pero estaba equivocado. A la distancia creo que veía la ciudad de Pittsburgh, Pennsylvania, donde la cima de los edificios se desmoronaba y comenzaban fuegos contagiosos que corrían por las calles. Luego se sumaron multitudes de ciudades por toda la tierra. Entonces me desperté aterrado. Semanas después de orar con intensidad, el Espíritu Santo me ayudó a comprender esta experiencia de ser transportado y me entregó la interpretación.

“Hijo, Yo Soy una locomotora descarrilada e indetenible”

El Señor me estaba diciendo: “Hijo, te permití experimentar esta visión en persona para que pudieras conocer todo el impacto y la certeza de ella. Soy la locomotora descarrilada e indetenible. Vengo de una manera donde muchos en mi pueblo no me reconocerán. Incluso algunos se ofenderán”.

“El terror que experimentaste mientras me acercaba era el temor del Señor que se soltó sobre la tierra. El temor del Señor trae un gran sacudimiento. Algunas personas se alejarán de mí y muchas otras se comprometerán profundamente conmigo. Sólo este sacudimiento traerá una cosecha de almas sin precedentes. Las autopistas y los elevados que se desmoronaban eran las estructuras que los hombres construyen para tratar de alcanzarme. Con mucha fuerza sacudiré estas estructuras espirituales edificadas por los hombres y los espíritus religiosos que me impidieron llegar hasta ellos”.

Luego el Señor continuó diciendo: “Fuiste fiel al rechazar los espíritus religiosos. Sin embargo, fallaste al no amar a la gente religiosa. Yo los amo y quiero liberarlos. Dejar de amarlos invita a los espíritus de religiosidad hacia tu vida”.

Pude ver el fuego de Dios descendiendo sobre cada denominación, cualquiera que sea, con un olor a humo que se desprendía de la llama titilante del amor que perdieron mucho tiempo atrás. La gente en todas las denominaciones se volverá a encender por el fuego de mi Espíritu, aún las llamadas iglesias llenas del Espíritu.

No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde, hasta que haga triunfar la justicia” (Mateo 12:20).

“Mi Fuego está comenzando a invadir estos montes y atraerlos hacia mi Reino”

Dios continuó diciendo: “Las montañas que ves representan los siete montes de los reinos de este mundo: Iglesia, familia, educación, gobierno, medios de comunicación, artes y entretenimiento y negocios y finanzas. Mi fuego está comenzando a invadir estos montes para redimirlos y traerlos hacia mi Reino. La razón por la cual no se puede detener el fuego en la casa es porque tiene que ver conmigo. Vengo en este tiempo a través de los fuegos de la adversidad y la aflicción para traer de regreso a todas las familias una vez más hacia mi Reino”.

“Sus problemas vinieron para bendecirlos. El orgullo del hombre por lo que edificó, son las estructuras derribadas en la ciudad que veías a lo lejos. El orgullo las está desmenuzando. Los fuegos contagiosos de Dios en las calles de las ciudades son la certeza de la visión en su influencia. Las veredas y las cunetas en las calles ahora estaban ardiendo con un fuego indetenible cayendo sobre los desamparados y los sectores rojos. Las vestiduras fúnebres se quemarán en todos aquellos que se encuentran dentro de prisiones y cementerios espirituales”.

Hay una gran porción rodando en este tren.

Bill Yount

(www.elijahlist.com)