domingo, 31 de agosto de 2008

“El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo: es un trato cerrado”

 

Por Francis Frangipane

Francis_Frangipane Me pidieron que sirviera como pastor en una Iglesia de fe en 1983. Estuve fuera del ministerio durante tres años y no tenía idea qué era una “Iglesia de fe”, sólo me sonaba la fe como un concepto Bíblico. Así que, estuve de acuerdo.

Debo agregar que esta no era cualquier Iglesia de fe, tenía un gran plato en el frente. Pintadas sobre el plato en grandes letras rojas y luminosas, estaban las palabras: “Jesús es Señor”.

También debo explicar que la pausa de tres años entre pastorados fue debido, en parte, a un sentido profundo de fracaso. Una miembro de mi Iglesia murió por causa de un virus que en cuatro días la dejó completamente paralizada. Estuve con ella, ayunando y orando durante todo ese tiempo. Pero cuando murió al quinto día, la impotencia que sentí aplastó mi confianza en la oración. Fue la experiencia más traumática de mi joven ministerio.

Después que murió, no supe reconocer mi devastación interior y pretendí que mi fe todavía funcionaba, pero no era así. Durante meses oré por los enfermos, imitando exteriormente la conducta de aquellos que realmente creían. Pero por dentro, mi lamento no era una oración de fe, sino un gimoteo: “¡Por favor Dios, no permitas que mi incredulidad empeore más esta situación!”

Satanás se aprovechó de mi experiencia con la muerte. De hecho, estaba tan golpeado que asumí la responsabilidad por su muerte. Sentía como si le hubiera fallado a esta mujer, a su familia y al mismo Dios. En mi mente, era como uno de los pastores que Ezequiel reprendió por no sanar a las ovejas (Ezequiel 34:4). Lo único honesto que podía hacer era pedir una licencia ministerial.

Así que, no mucho después que muriera la mujer, mi familia y yo dejamos Michigan y nos mudamos a una granja en Iowa. Aunque quise volver al ministerio, el llamado para regresar tendría que venir por iniciativa del Señor.

Pasaron tres años cuando vino el tiempo para volver a servir. Aquí estaba, intentando enseñar y liderar una Iglesia de fe. Debido a mi experiencia difícil, todavía llevaba dentro de mí una fortaleza de incredulidad.

Fue un tiempo torpe. Cada mes la Iglesia veía seminarios especiales de instrucción vía satélite. Tarde o temprano, parecía que cada maestro de fe de América nos enseñó sus verdades, cada sermón se estructuraba en la fe que mueve montañas de Marcos 11:23 o en la fe que prospera de 3 Juan 1:2.

Al principio intenté parecer cortés y considerado, pero interiormente me preocupaba cada vez más. Me convencí que lo que estábamos recibiendo era una enseñanza falsa o desequilibrada. Hacia el noveno mes, me encontraba particularmente agitado por lo que parecía ser una completa distorsión de la fe escritural.

En nuestro oscuro santuario, sólo iluminado por la luz de la televisión, le hice al Señor una queja callada, pero enfadada: “¡Señor, estos predicadores de fe están empleando mal estos versos!”

Como un relámpago, la voz del Espíritu Santo iluminó mi mente. Dijo: “¡por lo menos ellos la están usando!”

Era cierto. Desde la muerte de nuestra amiga varios años atrás, no usé esos versos cuando enseñaba. El hecho fue que ni siquiera los veía cuando leía la Biblia. Pasé sobre las grandes promesas de Dios sin respuesta en mi corazón debido a mi batalla interna personal sobre lo que me había dicho. Ahora comprendí cuán nula se había vuelto la fe real en mi corazón, pronunciaba mis oraciones sin esperar su cumplimiento.

Pero el Espíritu Santo no había terminado conmigo. La siguiente vez que me habló, reprobó mi auto justificación. Dijo: “siempre te hablaré a través de personas imperfectas. Cuando te vuelvas crítico hacia ellos, no recibirás lo que les entregué para ti”.

Esa noche me arrepentí, no sólo por mi incredulidad, sino por mi orgullo y criticismo. Cuando lo hice, mi fe fue restaurada. Durante el siguiente año, nuestra Iglesia vio a las personas sanándose de cánceres, sorderas y artritis. Aún ahora estoy agradecido a Dios por lo que me dio a través del Movimiento de la Fe.

A través de personas imperfectas

El Señor usó esa situación para enseñarme un gran secreto: aprendí que mucho de mi progreso espiritual no vino directamente de Dios, sino a través de mi habilidad para humillarme y oírlo hablar a través de personas imperfectas. ¿Hay excesos entre los maestros de fe? Sí, algunos. Pero descubrí que a Dios le agrada esconder su sabiduría en una variedad de personas y perspectivas denominacionales. Sé que cuanto más me humillo ante otros, más se amplía mi comprensión de Dios.

Algunos preguntarán: “¿no te asusta ser engañado por maestros imperfectos?”. Cuando un maestro está errado, lo cuestionaré directamente. Pero Dios sabe, ¡hay bastantes expertos de la Biblia para mantenernos a todos en el camino correcto y también estoy agradecido por ellos! Si esperamos encontrar al Reino de los Cielos, debemos recordar lo que dijo Jesús: es como un tesoro escondido en un campo. Hice un gran hallazgo: la Iglesia es el campo donde está oculto el tesoro de Cristo. Si queremos el tesoro, no podemos ofendernos por la tierra que lo rodea. Es un trato cerrado.

Francis Frangipane

No hay comentarios: